Esperanza en El Señor — ¿Está el sistema legal listo para todo el ambiente de acritud sobre el matrimonio?

Arzobispo Joseph E. Kurtz

Arzobispo Joseph E. Kurtz

Al prepararse la Suprema Corte a considerar la definición del matrimonio, el debate público crece solo más rencoroso. Se espera que las deliberaciones de la Corte se lleven a cabo de manera más prudente que el debate público. Como presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, es mi responsabilidad personal y cívica de hablar por el bien común, el cual creo es servido al preservar la protección del matrimonio natural por las leyes del estado.

La pregunta es si la definición del matrimonio que se ha tenido por tantos años debería ser anulada. Es una pregunta de gran alcance, no únicamente porque el matrimonio está conectado a más de mil regulaciones o leyes, todo desde el código de impuestos a los beneficios de salud y a la educación superior. Es una cuestión de gran alcance porque si la Suprema Corte no defiende el derecho de los estados de proteger la definición natural del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, desprenderá una larga letanía de litigios que podrían desentrañar el tejido de la sociedad.

Lo que se está perdiendo en el debate es de por qué el matrimonio terminó en la ley civil. La ley civil ha reconocido desde hace mucho tiempo la manera única en que el doble bien del matrimonio contribuye para el bien común de la sociedad. Para prosperar, la sociedad debe reconocer la unión fundamental e indispensable de la unión entre un hombre y una mujer como la base irremplazable de la vida en familia. Para sobrevivir, la sociedad debe proteger esta unión como la manera en que la civilización se renueva a través del regalo de nueva vida humana.

Reconocer el significado esencial del matrimonio significa reconocer la contribución inigualable que realiza a la sociedad. Solo queda una forma estable de traer a un niño al mundo. El origen divino de la vida se encuentra únicamente en la unión entre un hombre y una mujer, y es por ello que el matrimonio tiene un estatus especial en la ley. Al honrar el matrimonio de manera exclusiva entre un hombre y una mujer, como cada civilización y generación de la antigüedad, la ley civil refleja solamente el deseo de la sociedad de continuar su existencia. Confirmar la verdad innegable de esto no
discrimina de ninguna manera a nadie. Es simplemente señalar al pasado, al presente y al futuro.

El compañerismo de por vida y los derechos legales son metas nobles, frecuentemente citados por aquellos buscando redefinir la diferencia sexual fuera de la definición única natural del matrimonio. El matrimonio, sin embargo, es más que dos adultos uniéndose por su beneficio mutuo. El potencial vivificante del matrimonio llama a cada pareja a un sacrificio abnegado único – el hombre a la mujer y la mujer al hombre – al estar abiertos al regalo potencial de niños. Dentro de la chispa divina de la vida hay el derecho fundamental de cada niño de conocer a su madre y padre.

Claro, no cada persona tiene el beneficio de tener ambos padres presentes, debido a la tragedia imprevista o a un evento inevitable. Y en ese estado especial, nosotros – la familia, los amigos, la Iglesia o la sociedad – tenemos la responsabilidad de apoyar a los padres solteros o adoptivos. Mientras que la crianza que realizan los padres solteros o adoptivos es un acto heroico, el deseo de conocer al propio padre o madre nunca desaparece totalmente.

El gobierno ha codificado al matrimonio para la protección del niño. Al hacerlo, el gobierno permanece neutral a la pregunta de dos consentimientos adultos que escogen pasar su vida juntos fuera del potencial natural de la vida. Cada persona lleva una dignidad inherente digno de protección contra la discriminación injusta, pero debemos de hacerlo de maneras que no redefinan el estatus único del matrimonio y discriminar contra lo que la naturaleza humana nos dice que el matrimonio es.

Al volverse la arena publica menos inclusiva de voces de fe, se ha vuelto más difícil de hablar en defensa del matrimonio sin ser ridiculizado, se requiere un testimonio ahora y hacia el futuro al nosotros acompañar a una generación que busca acoger nuestro destino eterno. El reconocimiento del matrimonio natural es acerca de proteger el lazo de parte del niño, para que así tenga el mejor ambiente posible en donde crecer y después contribuir a la sociedad. Lo que no deberíamos hacer es alentar activamente el rompimiento de ese lazo sagrado. El matrimonio debe ser más acerca de las necesidades de los niños que lo que los adultos quieren. Al menos, lo que se quiere no debería hacer menos las protecciones de la familia en más de mil maneras.

Arzobispo Joseph E. Kurtz

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