Esperanza en El Señor — La misericordia no es forzada

Arzobispo Joseph E. Kurtz

Arzobispo Joseph E. Kurtz

Por más de cuatrocientos años, William Shakespeare ha maravillado a aquellos que leen y ven sus obras con sus giros magistrales de oración y profundidad de pensamiento. Al prepararme para este domingo, el segundo de Pascua, sus palabras en la boca de Porcia en “El Mercader de Venecia” (Acto 4, escena 1), me vienen a la mente:

La calidad de la
misericordia es que
no sea forzada
Cae como la dulce
lluvia del cielo
Sobre el llano que está
por debajo de ella.
Es dos veces bendita:
Bendice al que la concede
y al que la recibe.

La misericordia estará en nuestras mentes al celebrar el Domingo de la Divina Misericordia. Esta celebración por la Iglesia universal comenzó en el año 2000 por motivo de la canonización de Santa María Faustina Kowalska, que falleció en 1938 y cuyos escritos inspiraron la devoción de la Divina Misericordia promovida por San Juan Pablo II: “Jesús, en Ti Confío.”

La misericordia es la virtud fundamental predicada por el papa Francisco, cuyo lema papal contiene las palabras Miserando atque eligendo, literalmente en latín significa “lo miró con misericordia y lo eligió”. De todos los atributos que describen a nuestro Dios amoroso, la misericordia recorre las páginas de la Sagrada Escritura desde Génesis hasta el Apocalipsis. La gracia de Dios se muestra a sí misma en Su misericordia, y nosotros humildemente somos llamados a recibir este preciado regalo.

Así como el genial dramaturgo nos dice, aquellos con misericordia en sus corazones y en sus acciones son bendecidos por duplicado. Aquellos a quienes se muestra misericordia recibirán un toque que solo puede venir de la gracia de Dios, y el misericordioso crece en gracia. Seguramente esto impulsó a Jesús a predicar “bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5:7)

Los eruditos de las Escrituras nos recuerdan que no es tanto que Dios espera en encontrar a aquellos que son misericordiosos y que luego los escoge para que reciban Su misericordia. Sino que es lo opuesto. Nuestra experiencia de la misericordia de Dios, como la experiencia inmerecida del Hijo Pródigo de un Padre amoroso, bondadoso y misericordioso, mueve nuestros corazones a compartir esa misericordia con los demás. Escuché que la Divina Misericordia se describe esta manera: es el amor misericordioso de Dios hacia nosotros y el deseo de dejar que el amor y la misericordia fluyan a través de nuestros corazones hacia aquellos que lo necesitan.

Preparándome para la solemnidad, releí la segunda encíclica de San Juan Pablo II, Dives in Misericordia. Escrita en 1980, este documento lleva el título de las palabras de San Juan Pablo II en la carta a los Efesios: “Dios, es rico en misericordia, y por el gran amor que nos tuvo… nos hizo revivir con Cristo” (Efe 2:4,5b). Me volvió a llamar la atención San Juan Pablo que describe una de las palabras hebreas para misericordia o bondad amorosa, hesed, como la fidelidad del Padre a sí mismo. Como un padre amoroso que ama a su hijo en tiempos buenos y malos, Dios, nuestro Padre siempre será fiel a su propia naturaleza y nunca dejará de mostrarnos su misericordia. Fiel a sí mismo, muestra misericordia a todos.

Los escritores de los Evangelios y la Iglesia muestran el gran efecto que la misericordia tiene en el alma. El don lleva al alma hacia la conversión a Cristo. No es accidente que Jesús frecuentemente dice a la persona que es tocada por su misericordia, “Vete y no peques más”.

Los escritores también nos recuerdan que la misericordia nunca puede ser impuesta en nosotros. Nuestra libertad permanece intacta. Agustín lo dijo bien en uno de sus sermones: “Aquel que te creo sin ti, no te salvará sin ti”. (Sermon 169) la misericordia no es forzada. Debe ser recibida libremente.

Esta temporada de Pascua es acerca de ¡aprender como recibir un regalo! Este domingo recibimos la misericordia y el perdón de Dios. No es forzado. Trabaja poderosamente en nuestras almas. Es especialmente en el Sacramento de la Reconciliación que somos tocados por este poder que perdona. Después, comenzamos a verlo trabajando de una manera gentil en la manera como tratamos a los demás a nuestro cuidado. La misericordia es bendecida por duplicado:
“Se bendice al que la da y al que la recibe”.

Arzobispo Joseph E. Kurtz

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